Prince, un tirano genial e inclasificable

Músico consagrado mundialmente, él mismo admitía su difícil carácter. Su éxito con “Purple Rain”, tema con el que hizo una película y hasta ganó un Oscar.

Prince, un tirano genial e inclasificable
Prince, un tirano genial e inclasificable

No era un artista fácil de encajar en las estructuras de la industria musical. Todo lo contrario, Prince era el tipo que podía sorprender a sus propios fans con un show íntimo y maratónico en un cabaret parisino, en una noche que se estiraba hasta el alba. De hecho, de eso se trataba su gira Hit & Run de 2015, donde anunciaba la ciudad en la que iba a estar, pero no el lugar específico donde se desarrollaría el show. 

Quizás tenía que ver con sus anhelos de anonimato, quizás con su mala relación con la prensa. “Les gusta exagerar las cosas, de modo que la gente termina por parecer más imponente de lo que es. Cuanto más rápido se acaba eso llamado fama, mejor. La gente no necesita ser famosa”, decía Prince, que confesaba extrañar ese tiempo “en que podía andar por la calle sin que me siguieran ni me molestaran”.

Esa fama llegó a su apogeo con Purple Rain, de 1984, cuando pudo darse el gusto de tener al mismo tiempo la película -que incluso ganó el Oscar-, el tema y el disco más exitosos de los Estados Unidos. Fue su mayor éxito comercial. Aunque llegar a ese acuerdo no fue nada fácil. “Tuvimos que pelear más de un año antes de llegar a un contrato. Por eso tenían que aceptar todo lo que presentara. ¡Ni siquiera tenían permiso para hablarme!”, decía el rockero de Minneapolis. Ese es el problema de llegar a la cumbre, que no hay nada más arriba. Años más tarde, asumía su karma. “El desafío es superar lo que hice en el pasado. Por eso en cada show toco como si fuera el último”, confesaba.

No era fácil en ese sentido con sus músicos. Se autodenominaba como un “tirano amable” y llegó a confesar: “Es probable que sea la persona más difícil con la que trabajar en una banda, pero lo hago por amor”. Prince no solamente fue exigente en mantener un estilo de vida, sino que imprimía  la misma intensidad  a su propia música. Y a sus músicos, a los que les exigía la misma devoción con la que él tocaba. Su banda tenía que ensayar unos trescientos temas de los que Prince podía elegir cada noche los que fueran a la lista del show de turno. Apuntaba a recuperar esa frescura de tocar en vivo.

Su salto a la popularidad ocurrió con su tercer álbum, Dirty Mind, pero se consagró con Controversy. En los ’90 tuvo su peor década. Un poco antes de su conversión como Testigo de Jehova, a instancia del ex bajista de Sly & the Family Stone, Larry Graham, que lo introdujo en este credo. Prince dio sus razones y su aprendizaje. “Era antiautoritario, pero al mismo tiempo era un tirano amoroso. No se puede ser ambas cosas. Tuve que aprender qué era la autoridad. Eso es lo que nos enseña la Biblia. La Biblia es una guía para la interacción social. Por ejemplo, si voy a un lugar donde no me siento estresado, no hay alarmas de autos ni aviones que pasan sobre nuestras cabezas, entonces se entiende qué es la contaminación sonora. El ruido es una sociedad que no tiene Dios, que no tiene cohesión. No podemos hacer lo que queremos todo el tiempo. Los límites son necesarios”, argumentaba.

Para ese entonces, Prince había recobrado su nombre: durante los noventa se metió en una disputa legal con su discográfica. Entre otras cosas, Warner había registrado su nombre y él decidió rebautizarse con un símbolo impronunciable. Fue una guerra que terminó con su salida del sello con un disco triple con el adecuado título de “Emancipation”.  Esto, sumado a que en esa década publicó algunos discos poco atractivos, le permitió a los medios rebautizarlo como “el artista antes conocido como Prince”.

Pero no se quedó quieto a partir de entonces y editó renombrados trabajos en sus últimos 15 años. En 2004 fue el funky y psicodélico Musicology, con el que cosechó importantes premios internacionales.  Su misión pasaba por recuperar la más pura esencia de la música.  “Quiero decirles que esto es música verdadera, hecha por músicos verdaderos, con instrumentos verdaderos”, dijo en el festival Hop Farm en el condado de Kent, Inglaterra, en 2011.

O los más ovacionados y recientes: Art Official Age, firmado a solas, concebido como una pieza de laboratorio que atravesaba el continente del soul, el funk, el dance, el hip hop y el rap. En simultáneo salió también con PlectrumElectrum firmado con su banda de chicas, 3rdEyeGirls, donde retornaba a Warner dos décadas después. “Una chica con una guitarra es 12 veces mejor que otra loca banda de muchachos tratando de ser una estrella cuando son sólo otro ladrillo en la misógina pared de ruido”, cantaba en Fixurlifeup, uno de los temas del disco.

El año pasado lanzó dos discos: HITnRUN Phase One y HITnRUN Phase Two. Alimentados con tracción a sangre a través de los campos del rock, el blues y -acá también- las fronteras del funk y el rap. Fue el momento en el que Prince se sintió “más respetado y escuchado que nunca”. “Hoy puedo hacer muchas más cosas”, se lo escuchó decir. Es que luego de probar todo tipo de plataformas para la distribución de sus álbumes, el hombre de Mineapolis creyó haber dado con la clave: Tidal, la plataforma que creó el rapero Jay Z para hacer la competencia a Spotify y Apple Music. Desde ahí lanzó las dos fases de Hit n’Run, en septiembre. Solo en formato digital. El… sí, el mismo que dijo en 2010: “Internet ha muerto”, y, como consecuencia había cerrado su web oficial.

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