Lo que McCartney nos dejó

Ante 50 mil personas, en la despedida de su tercera visita al país, Sir Paul volvió a demostrar su condición de artista único, al redondear un show perfecto, en el que el entusiasmo del público fue aún mayor que en el recital anterior.

Lo que McCartney nos dejó
Lo que McCartney nos dejó

En el final, cuatro adolescentes subieron al escenario para que les firmara autógrafos.

“Estoy rodeado de chicas hoy. Perdón, Nancy”, bromeó y se puso a saltar con ellas.

Ya está. El sueño se terminó (por ahora). Aunque, en verdad y por suerte, no se trató tan sólo un producto de la imaginación ni de una alucinación. Nada de eso. Sir Paul McCartney pasó por nuestras vidas una vez más; cerca, ahí nomás, y dejó una huella tan imborrable como las dos que están ahí, desde 1993 y 2010. O más profunda aún.

Porque el hombre, a los 73 años, parece tener sellado algún tipo de pacto con la vida, que lo pone a contramano de la dirección que el paso del tiempo intenta imponer, y juega a ser eterno hasta convencernos de que eso es posible. O de que al menos nos ilusionamos con la idea de que lo es. ¿O acaso alguno de los que estuvimos ahí, en el Único o el en Kempes no le pone unas cuantas fichas al “hasta pronto” del final?

Cómo no hacerlo, después de haber pasado por la experiencia de alguno de los tres shows de su escala argentina, en los que Macca exhibió -y hasta ostentó- una energía que le permite entregar casi tres horas de una música sin la más mínima fisura y en su mejor forma, además de dejar en el aire la sensación de que no hay cosa que más le guste en el mundo que mejorarnos un poco la vida.

Para lograrlo, Paul se vale de una fórmula tan simple como casi infalible, basada en varias de las mejores canciones que pueda ofrecer la música popular de los últimos 100 años -o más también- y que se completa con una banda de altísimo vuelo y una puesta de notable equilibrio, que evita los golpes bajos y que en ningún momento desvía el foco principal de atención: la música. Que para pirotecnia, lucecitas de colores y cotillón cumpleañero ya hay otras bandas.

Es que ahí es donde McCartney saca ventaja de sobra; en ese ir y venir a lo largo de su historia que propone desde el mismísimo momento en el que pisa el escenario. De A Hard Day’s Night a Save Us: un salto de cinco décadas en los primeros cinco minutos de show. Pasado y presente en íntima relación, como un antídoto para la nostalgia lacrimógena, y a favor de una celebración del todo.

Cierto es que le sobran títulos a Paul para lograr su objetivo. Que no hacen falta Helter Skelter, ni Magical Mystery Tour, ni Day Tripper, ni Set. Pepper’s Lonely Heart Club Band, ni ni ni… si a cambio están Love me Do, The Fool On the Hill, And I Love Her o Being for the Benefit of Mr. Kite, una de las perlas de las noches mccartianas.

Tan cierto es como que con el andamiaje beatle como soporte, el aporte de sus etapas Wings y solista resiste cualquier discriminación surgida del prejuicio o del fundamentalismo beatlemaníaco. Al contrario, la convivencia de Can´t Buy Me Love con Letting Go y la aventura electrónica Temporary Secretary; la de Lady Madonna con ese temazo que es Four Five Seconds, parido en sociedad con Kanye West y Rihanna; o la de Blackbird con Here Today y Queenie Eye es tan armónica como su ir y venir del bajo al piano, de allí al teclado y enseguida a alguna de sus guitarras.

Acústica o eléctrica, Paul las aprovechó en varias ocasiones para jugar con el “olé olé olé” o con el “o-oo-óo” del público, además de hacerlo para crear un clima casi doméstico a la hora de regresar al ayer más remoto de los Quarrymen con In Spite of All Danger y el de The Beatles con Love Me Do, con la primera; y para solear en Let Me Roll It o en el tramo final de Carry That Weight la segunda.

Al fin de cuentas, todo en manos de McCartney suena -y sonó- bien. Incluso su voz, cuando dejó que se rompiera sin disimulo ni artilugios tecnológicos que interfirieran en la conexión con sus fans. Desde el llano, o desde esa plataforma que lo elevó hasta el infinito para que, a solas, cantara Blackbird, y rindiera su homenaje a John Lennon, cuya imagen no hizo falta que apareciera en las pantalla para que reviviera dentro de cada uno. Uno de los dos recursos escenográficos, la plataforma levadiza, que junto con la pirotecnia y las bocanadas de fuego de Live and Let Die, se despegaron de un esquema con el eje centrado en un fantástico set de luces y proyecciones.

Marco de un cuadro en el que Rusty Anderson y Brian Ray intercambiaron roles, solearan sus guitarras a la par o asumiera el papel de bajista -Ray-, cuando Macca cambió Höfner por piano; con Abe Laboriel Jr. como pulso de inusitada precisión, y Paul Wickens -el único sobreviviente de la banda del ’93- cubriendo las espaldas del jefe desde sus teclados. Juntos, un aceitado engranaje musical que responde a la altura de su líder, y rockea en Back in the U.S.S.R., en I’ve Got a Feeling o en Band on the Run con una potencia equivalente a la sutileza con que encaran Golden Slumbers, Hey Jude, Something My Valentine, logrando una coherencia sonora que hace que todo cierre a la perfección.

Y a la solvencia con que sacan del archivo Get Back, para complacer el “pedido” de Leila, la nena de 10 que Macca invitó a tocar y a cantar con él al escenario. Un gesto que, a esta altura insospechado de cualquier propósito demagógico, lo humaniza de la mejor manera. Y provoca las ganas de más.

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