Amelia Bence: sus ojos se cerraron

Amelia Bence. Dueña de “los ojos más lindos del mundo”, murió ayer, a los 101 años. Diva de la época de oro del cine argentino: más de 40 filmes y una vida intensa.

Amelia Bence: sus ojos se cerraron
Amelia Bence: sus ojos se cerraron

“Yo no me daba cuenta si eran lindos mis ojos. ¿Cómo va uno por la vida viéndose los ojos?”.

Todo comenzó a principios del siglo XX. Ensayaba una escena en la que le escribía a los Reyes Magos, pasó la lengua para humedecer el sobre, sintió gusto a veneno y se puso a llorar. Tenía diez años y la estricta profesora -Alfonsina Storni-, la tironeó hasta detrás del telón y le dio una palmadita en la cola: “¡Vuelva a escena, mocosa, que usted va a ser actriz sí o sí!”. Amelia Bence volvió al escenario, se secó las lágrimas e hizo honor del que sería su eslogan hasta la tumba: “Los ojos más lindos del mundo”. Ayer murió a los 101 años, mientras medio país analizaba el color de su iris. La teoría de ella era otra. Eran hermosos “de tanto haber mirado y llorado”.

Había nacido cuando faltaban todavía dos décadas para la primera película argentina sonora -y 40 años para la primera transmisión por televisión-. Era la actriz viva más longeva de la cinematografía argentina. “Se trata de una buena muerte entre comillas, porque fue una larga y fantástica vida. Lo que se perdió es a una figura de un nivel de estrellato que ya no existe, de la época del teléfono blanco”, se emociona Graciela Borges. “Nadie sobrevive tantos años en el mundo artístico solamente por su ojos lindos. Lo suyo era belleza no tradicional más personalidad. Hasta hace unos años nos juntábamos a tomar un café por Avenida del Libertador y me impresionaba: la piel limpia, y apenas una raya negra para resaltar esos ojazos”.

El misterio de su verdadera edad se va con ella: ¿nació efectivamente el 13 de noviembre de 1914, o había logrado engañar a todos? El mito indica que con su astucia había podido dibujarle “una patita” al 11, para que figurara como 14. “Como buena diva tenía ese encanto de la duda. Se habló, incluso, de que había nacido en 1910. La edad de Amelia será siempre una incógnita como la de Carlos Gardel”, aporta Jorge Lafauci.

La menor de siete hermanos, se llamaba en realidad María Amelia Batvinik. Creció en una casa con dos patios, en Paraguay y Riobamba, mientras sus padres, lituanos, dirimían si era decente darle permiso para estudiar teatro en el Instituto Labardén, donde finalmente cursó con la gigante poeta, Storni. El debut en pantalla, brevísimo, llegó en 1933, con “Dancing”, de Luis Moglia Barth. Más tarde otras cintas, hasta que “La guerra gaucha” (Lucas Demare, 1942) la empujó a roles protagónicos. “Los ojos más lindos del mundo” (1943), de Luis Saslavsky, le impuso el mote. Fueron más de 40 películas, algunas como “Son cartas de amor” (Luis César Amadori), por la que recibió el premio a la mejor actriz de la Federación de Redactores Cinematográficos y Teatrales de Cuba, medalla que donó en 1982 para los soldados de la Guerra de Malvinas, “A sangre fría” (Daniel Tinayre), “Alfonsina” (1957), de Kurt Land, sobre la vida de Storni, entre tantísimas otras. “En la escena del mar, en La Perla, el que aparece de espaldas, en lugar mío, es un guardavidas con mi traje y mi peluca. Tenía miedo a matarme”, confesaba el truco Bence, años después.

Un archivo periodístico no digitalizado regala piezas de museo: un debut en teatro a los cinco años, un pasado como pionera del café-concert, trabajos en México, Estados Unidos y España, gira de meses por Latinoamérica, un viaje al Festival de Cine de la India con internación obligatoria en Nueva Delhi para prevenir la fiebre amarilla hasta completar la cuarentena. Títulos, menciones, premios infinitos como el nombramiento de “Personalidad Destacada de la Cultura Argentina”, o “Las llaves de la ciudad de Miami”. En 2003 llegó al teatro infantil en la obra “Amor invisible”: “Me encantan tanto los bebés que les pondría una piedra en la cabeza para que no crezcan”.

“A la televisión me costó entregarme, pero después del primer teleteatro me sentí muy cómoda”, recordaba sobre un medio en el que también estampó huella (“Esos que dicen amarse”, “Las veinticuatro horas”, “Alta comedia”, “Los premios Nobel”, “Romina”…). Los pormenores están todos condensados en su biografía, “La niña del umbral”.

Revistas Radiolandia, revistas Radiofilme: cientos de páginas carcomidas están escritas en base a sus romances más que a su carrera. Es que el amor no era tema menor para Amelia. “Soy de capacidad amatoria intensa”, se definía, y como hija de otra época, sus conceptos del amor eran tan desgarradores como tangueros: “Es difícil de explicar, es una sensación rara el amor, un impulso que me hace latir. Te lleva a una emoción intensa que te conduce a la locura y a una dependencia. Te hiere y te lleva a las alturas al mismo tiempo. Con el tiempo comprendí que cuando pasa el efecto en la piel, surge lo sublime, lo verdadero. Por eso el amor más sublime y el único verdadero que conozco es el de madre”. Su primer marido había sido Alberto Closas. “Fue mi primera ilusión. Ocho años de relación entre noviazgo y casamiento. Cortamos porque era infiel”, detallaba. Luego, amores con José María Fernández Unsain (“Escritor que me hizo comprender que el amor no es por única vez, que se lo puede renovar en otra persona”) y con Osvaldo Cattone (“Nunca nadie me dio tanta paz”). Con Carlos Thompson mantuvo “lo que en Francia llaman una amitié-amoureuse”. Volvió a casarse, ya con Charlie Ortiz Basualdo. Se enamoró un par de veces más. “Veo un buen mozo y el corazón hace Taca-taca. Es cerebral. No tiene que ver con la edad”.

Sus últimas horas las pasó en la clínica Zabala, su velatorio fue ayer en el Teatro Nacional Cervantes, y su entierro será hoy en el Panteón de la Asociación Argentina de Actores del Cementerio de la Chacarita. En 1986, 30 años antes de morir, ya había tomado una decisión: donar sus ojos al INCUCAI. “No entiendo por qué les llama la atención. Se me ocurre pensar que todo el mundo debería hacer algo semejante”.

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